Ana Karenina

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–Creí que iba usted al piano –dijo Levin aproximándose–. La música es lo que más echo de menos en el pueblo.

–No. Veníamos a buscarle –respondió Kitty, dirigiéndole una sonrisa–. ¡Qué ganas de discutir! No van a convencerse nunca unos a otros…

–Es verdad –repuso Levin–. La mayoría de las veces se discute únicamente porque no se comprende lo que quiere decir el antagonista de uno.

Levin solía observar que en las discusiones entre hombres inteligentes, después de grandes esfuerzos y de enorme cantidad de sutilezas dialécticas y de palabras, los interlocutores llegaban a la conclusión de que se esforzaban en demostrarse mutuamente lo que sabían ya desde el principio. Veía también que el motivo de las discusiones era siempre que les agradaban diferentes cosas y no querían reconocerlo para no ser vencidos en el debate.

Levin, a veces, cuando discutía, si adivinaba de repente lo que agradaba a su adversario, comenzaba también él a verlo con agrado, se unía a su opinión y todas las demostraciones resultaban innecesarias. Pero en otras ocasiones sucedía lo contrario. Exponía las convicciones en cuya defensa inventaba argumentos y, si acertaba a explicarlas bien y sinceramente, el antagonista se convencía y abandonaba la discusión. Era esto lo que había querido decir a Kitty.


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