Ana Karenina
Ana Karenina Ella arrugó el entrecejo tratando de comprender. Pero apenas él hubo iniciado la explicación, Kitty vio claro lo que querÃa decir.
–Ya. Es preciso saber lo que sostiene el contrincante, lo que le agrada, y entonces es posible…
HabÃa adivinado y expresado el pensamiento tan mal expuesto por Levin, quien rió jovialmente al oÃrla.
Era sorprendente aquella transición del elocuente debate entre Peszov y su hermano a esta lacónica manera de exponer, casi sin palabras, las ideas más complicadas.
Scherbazky se separó de ellos. Kitty, acercándose a la mesa de juego, que estaba desplegada, se sentó y empezó a dibujar con tiza cÃrculos sobre el nuevo tapete verde.
Volvieron a la conversación iniciada en la comida sobre la libertad y ocupaciones de la mujer. Levin coincidÃa con Dolly en que una joven soltera podÃa encontrar trabajo femenino en la familia. Y esto se lo confirmaba el que ninguna casa puede prescindir de una ayudanta; que toda familia, pobre o rica, necesita tener niñera, ya sea a sueldo, ya alguna parienta.
–No –dijo Kitty, ruborizándose, pero mirando aún más fijamente a Levin con sus ojos sinceros–. Una joven puede hallarse en situación de no poder vivir con su familia, de ser despreciada, y entonces…