Ana Karenina
Ana Karenina Él comprendió lo que se ocultaba bajo aquellas palabras.
–Sà –dijo–, tiene usted razón, sÃ, sÃ…
Y le bastó adivinar lo que se ocultaba en sus palabras: el miedo a quedar soltera, la humillación … . para comprender en seguida la verdad que habÃa sostenido Peszov durante la comida sobre la libertad de la mujer. Amaba a Kitty y por aquella humillación adivinó al punto lo que pasaba en su corazón, y rectificó sin vacilar sus opiniones.
Siguió un silencio. Kitty continuaba dibujando en la mesa. Sus ojos brillaban con dulzura y Levin sentÃa que la felicidad le inundaba más cada vez.
–¡Oh! He ensuciado toda la mesa –exclamó Kitty.
Y dejando la tiza, hizo ademán de levantarse.
«¿Será posible que me deje solo?», se preguntó Levin, atemorizado. Y, cogiendo la tiza, se sentó a la mesa y dijo:
–Espere. Hace tiempo que querÃa preguntarle una cosa.
La miraba a los ojos, acariciantes, aunque ligeramente asustados.
–Bien; pregunte –repuso Kitty.