Ana Karenina
Ana Karenina
Cuando Kitty hubo salido, Levin, solo, sintió en ausencia de la joven tal inquietud y tan vivo deseo de que llegara cuanto antes la mañana siguiente, en que volverÃa a verla y a unirse con ella para siempre, que las catorce horas que le separaban de aquel momento lo llenaron de temor. Necesitaba estar con alguien, hablar, no sentirse solo, engañar el tiempo. El más agradable interlocutor para él habrÃa sido Oblonsky, pero él afirmaba tener que asistir a una reunión, aunque en realidad iba al baile. Levin tuvo tiempo, sin embargo, de decirle que era feliz, que lo apreciaba mucho y que jamás olvidarÃa lo que habÃa hecho por él. La mirada y la sonrisa de su amigo le demostraron que habÃa comprendido perfectamente el estado de su alma.
–¿Qué? ¿Ya no está próximo el momento de morirse? –preguntó Esteban Arkadievich con amable ironÃa, estrechando la mano de Levin.
–¡Nooo! –repuso éste.
Al despedirse de él, también Dolly le felicitó, diciéndole:
–Estoy muy contenta de que se haya vuelto a ver con Kitty. No hay que olvidar a los antiguos amigos…