Ana Karenina
Ana Karenina A Levin casi le molestaron las palabras de Daria Alejandrovna, quien no podÃa comprender en qué alto e inaccesible lugar colocaba él aquel acontecimiento, ya que se atrevÃa a mencionar en estos momentos el pasado.
Levin se despidió de ellos y, por no quedar solo, se fue con su hermano.
–¿Adónde vas?
–A una reunión.
–¿Puedo acompañarte?
–¿Por qué no? –repuso, sonriendo, Sergio Ivanovich–. Pero, ¿qué tienes hoy?
–¿Qué tengo? ¡Soy feliz! ––dijo Levin, mientras bajaba el cristal de la ventanilla del coche en que iban–. ¿No te importa que abra? Me ahogo… Soy muy feliz… ¿Por qué no te has casado tú?
Sergio Ivanovich sonrió.
–Me alegro; ella parece una muchacha muy simpática… –empezó.
–¡Calla, calla, calla! –gritó Levin, cogiendo con ambas manos el cuello de la pelliza de su hermano y cerrándosela sobre la boca.
¡Eran tan vulgares, tan ordinarias, armonizaban tan mal con sus sentimientos aquellas palabras: «Es una muchacha muy simpática»!
Sergio Ivanovich rió alegremente, lo que rara vez le sucedÃa.