Ana Karenina
Ana Karenina –En todo caso, celebro mucho…
–Mañana, mañana me lo dirás. ¡Silencio ahora! –insistió Levin, cerrando otra vez la pelliza de su hermano. Y añadió–: ¡Cuánto te quiero! ¿Puedo asistir a la reunión?
–Claro que puedes.
–¿De qué ha de tratarse? –preguntó Levin, sin dejar de sonreÃr.
Llegaron a la reunión. Levin oyó cómo el secretario tropezaba en las palabras al leer el acta, que al parecer ni siquiera él entendÃa. Pero Levin creÃa adivinar a través del rostro del secretario que era un hombre bueno, simpático y agradable, lo que se demostraba, según él, por la manera como se azoraba y se confundÃa en aquella lectura.
Empezaron los discursos. Se discutÃa la asignación de unas sumas y la colocación de unas tuberÃas. Sergio Ivanovich atacó vivamente a dos miembros de la junta y habló largo rato con aire de triunfo. Uno de los miembros, que habÃa tomado notas en un papel, quedó por un momento como asustado, pero luego contestó a Kosnichev con tanta cortesÃa como mala intención. Sviajsky, presente también, dijo algunas palabras nobles y elocuentes.