Ana Karenina
Ana Karenina Era la una dada. Levin, al encontrarse en el hotel, se asustó con la idea de que había de pasar a solas diez horas aún, consumiéndose de impaciencia. El criado de turno encendió las bujías y se dispuso a salir, pero Levin le retuvo. Resultó después que aquel criado, Egor, en quien antes él no reparaba nunca, era un muchacho inteligente y simpático y, sobre todo, amabilísimo.
–Y dime, Egor: debe de ser difícil pasar la noche sin dormir, ¿no?
–¿Qué se le va a hacer? Es la obligación. Más tranquilo es trabajar en casas de señores. Pero la cuentas salen mejor trabajando aquí.
Levin supo entonces que Egor tenía familia: tres hijos y una hija, costurera, a la que pensaba casar con el dependiente de una tienda de guarnicionería.
Con este motivo, Levin participó a Egor su opinión de que lo esencial en el matrimonio es el amor, y que con amor siempre se es feliz, puesto que la felicidad está en uno mismo.
Egor escuchó con atención, pareciendo comprender muy bien la idea de Levin, y, como para confirmarlo, hizo el comentario, inesperado para éste, de que cuando él servía en casa de unos señores, que eran personas excelentes, siempre había estado satisfecho de ellos, y que ahora lo estaba también, a pesar de ser francés el dueño.