Ana Karenina

Ana Karenina

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«¡Es un hombre admirable este Egor!», reflexionaba Levin.

–Cuando te casaste, ¿querías a tu mujer, Egor?

–¿Cómo no iba a quererla?

Y veía que Egor se exaltaba y se disponía a descubrirle todos sus sentimientos recónditos.

–Mi vida ha sido extraordinaria. Desde chiquillo… –empezó Egor, con los ojos brillantes, tan visiblemente contagiado por el entusiasmo de Levin como cuando uno se contagia viendo bostezar a otro.

Pero en aquel momento sonó un timbre. Egor salió y Levin quedó solo. No había comido apenas en casa de Oblonsky, no tomó té ni quiso cenar en la de Sviajsky y ahora no podía ni pensar en la cena. Tampoco había dormido la noche anterior, y tampoco podía pensar en el sueño. En la habitación hacía fresco, pero se ahogaba de calor. Abrió las dos hojas de la ventana y se sentó a la mesa ante ellas. Sobre el tejado cubierto de nieve se veía una cruz labrada con cadenas, y encima de la cruz el triángulo de la constelación del Cochero con Cabra, la brillante estrella amarilla. Levin ora contemplaba la cruz, ora aspiraba el aire helado que entraba suavemente en la habitación y, como en sueños, seguía las imágenes y los recuerdos que le iba sugiriéndole la imaginación.


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