Ana Karenina

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Hacia las cuatro oyó pasos en el corredor; miró por la puerta y descubrió a Miakin. Era éste un jugador a quien conocía que en aquel momento regresaba del Círculo. Su aspecto era taciturno y tosía.

«¡Pobre desgraciado!», pensó Levin.

Y el afecto y la compasión que sentía por aquel hombre hicieron afluir las lágrimas a sus ojos.

Se propuso hablarle y consolarlo, pero, recordando que estaba en camisa, cambió de decisión y se sentó de nuevo ante la ventana para bañarse en el aire fresco, para mirar aquella cruz silenciosa, de admirable forma y llena para él de significación, para contemplar aquella brillante estrella amarilla.

A las seis comenzó a sentirse en los pasillos el ruido de los enceradores, sonaron campanas llamando a misa, y Levin comenzó a sentir frío.

Cerró la ventana, se lavó y vistió, y salió a la calle.

 


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