Ana Karenina
Ana Karenina Pasó el tiempo que faltaba paseando por las calles, mirando sin cesar el reloj y volviendo la cabeza a todos lados.
Entonces vio algo muy hermoso que no volvió a ver jamás: Unos niños que iban a la escuela –que fue lo que más le conmovió–, vio unas palomas de color azul oscuro que volaban desde los tejados a la acera, y unos panecillos blancos, espolvoreados con harina, expuestos por una mano invisible en una ventana.
Los panecillos, los niños, las palomas, todo cuanto veÃa tenÃa algo prodigioso. Uno de los niños corrió a la ventana y miró, sonriendo a Levin: una paloma sacudió las alas con suave rumor y se levantó brillando al sol, entre el luminoso polvo de escarcha que flotaba en el aire, y un aroma de pan recién cocido llegó desde la ventana donde estaban expuestos los panecillos.
El cuadro era tan extraordinariamente hermoso que Levin, mirándolo, sintió que le afluÃan a los ojos lágrimas de alegrÃa.
Describió un gran cÃrculo por las calles de Gazetny y Kislovka, volvió a su habitación y se sentó en espera de las doce. En el cuarto contiguo hablaban de máquinas y de engaños y tosÃan con una de esas frecuentes toses mañaneras. Aquella gente no comprendÃa que las manecillas del reloj iban acercándose a las doce.