Ana Karenina
Ana Karenina En la calle, los cocheros de punto sabÃan sin duda que Levin era dichoso, porque le rodearon con rostros satisfechos, disputando entre sà y ofreciéndole sus servicios. Él, procurando no molestar a los demás, y prometiendo utilizar sus servicios en otra ocasión, eligió a uno de ellos y le ordenó que le llevase a casa de los Scherbazky. El cochero llevaba muy estirado bajo su gabán el blanco cuello postizo de su camisa que cubrÃa su cuello rojo, fuerte a hinchado. Y el trineo era alto, ligero y tan excelente, que Levin no vio nunca más otro trineo como aquél. Hasta el caballo era bueno y se esforzaba en galopar, aunque apenas se movÃa del mismo sitio.
El cochero conocÃa la casa de los Scherbazky y mostraba un gran respeto a su cliente. Al llegar, hizo un ademán circular con los brazos y exclamando: «¡Sooo!», detuvo el caballo ante la escalera.
El portero de los Scherbazky debÃa de saberlo todo, según creyó Levin, a juzgar por la sonrisa de sus ojos y por el modo especial que tuvo de decir:
–Hace tiempo que no venÃa usted, Constantino Dmitrievich.
No sólo lo sabÃa todo, sino que por ello estaba radiante de alegrÃa, aunque se esforzaba en disimularla. Mirando los ojos amables del viejo, Levin experimentó una nueva sensación de felicidad.
–¿Están levantados?