Ana Karenina
Ana Karenina –Pase, pase, haga el favor. Y esto puede usted dejarlo aquà –le dijo, observando que se volvÃa para coger su gorro de piel. Levin descubrió en este detalle un motivo más de ventura .
–¿A quién le anuncio? –preguntó el criado.
El joven criado era uno de esos lacayos de nuevo estilo, muy fatuos, pero era asimismo un muchacho excelente y simpático y también lo comprendÃa todo…
–A la Princesa… al PrÃncipe… a la Princesa… –dijo Levin.
La primera persona a quien vio fue a la señorita Linon, que avanzaba por la sala con sus ricitos y su rostro radiante. Iba ya a dirigirle la palabra, cuando se sintió un ruido tras una puerta y la señorita Linon desapareció de su vista, y Levin se sintió invadido por el ligero sobresalto de la próxima felicidad.
Apenas la señorita Linon, dejándole, salió por la puerta opuesta, unos pasos ligerÃsimos sonaron en el entarimado y la felicidad de Levin, su vida, lo que era como él mismo, más que él mismo, lo esperado y anhelado tanto tiempo, se acercó deprisa, muy deprisa. No andaba: volaba a su encuentro, impulsado por una fuerza invisible.