Ana Karenina

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Levin vio dos ojos claros, sinceros, llenos también de la misma alegría de amar, que llenaba su corazón; aquellos ojos, brillando cada vez más cerca, le cegaban con su resplandor.

Kitty se paró a su lado rozándole. Sus manos se levantaron y se posaron en los hombros de Levin. Todo esto lo hizo sin decir palabra, corriendo hacia él y ofreciéndosela toda ella, tímida y gozosa. Él la abrazó y juntó sus labios con los de ella, que esperaban su beso.

Kitty no había dormido tampoco en toda la noche. Sus padres habían dado su consentimiento y se sentían felices con su dicha.

Ella, queriendo ser la primera en anunciárselo, había estado esperándole toda la mañana. Deseaba verle a solas y esto la complacía y a la vez la avergonzaba y llenaba de timidez, porque no sabía lo que hada cuando él apareciese ante sus ojos.

Sintió los pasos de Levin, oyó su voz y esperó tras la puerta a que se fuese la señorita Linon. En cuanto ésta hubo salido, Kitty, sin pensarlo, sin vacilar, sin preguntarse lo que iba a hacer, se aproximó a él a hizo lo que había hecho.

–Vamos a ver a mamá –dijo cogiéndole de la mano.


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