Ana Karenina
Ana Karenina Levin, durante mucho rato, fue incapaz de decir nada, no tanto porque temiese estropear con palabras la elevación de su sentimiento, cuanto porque cada vez que iba a decir alguna cosa, sentía que en lugar de frases le brotaban lágrimas de felicidad.
Tomó la mano de Kitty y la besó.
–¿Es posible que sea verdad? –dijo con voz profunda–. No puedo creer que tú me ames…
Al oír aquel «tú» y al ver la timidez con que Levin la miraba, Kitty sonrió.
–Sí –dijo ella en voz baja–. ¡Soy tan feliz hoy!
Y, llevándole de la mano, entró en el salón; la Princesa, al verlos, respiró apresuradamente y rompió a llorar, y en seguida después rió, y con pasos más decididos de lo que Levin esperaba, corrió hacia él y, tomándole la cabeza entre sus manos, le besó, humedeciéndole las mejillas con sus lágrimas.
–¡Por fin! Está ya todo arreglado. Me siento muy dichosa. Quiérala mucho. Soy feliz, muy feliz, Kitty.
–¡Con qué presteza lo habéis arreglado! –exclamó el Príncipe tratando de fingir indiferencia.
Pero cuando el anciano se dirigió hacia él, Levin advirtió que tenía los ojos humedecidos.