Ana Karenina
Ana Karenina –Siempre ha sido éste mi deseo –dijo el PrÃncipe, tomando a su futuro yerno de la mano y atrayéndole hacia sÖ. Incluso en la época en que esta locuela inventó…
–¡Papá! –exclamó Kitty tapándole la boca con las manos.
–Bien; me callo –repuso su padre–. Me siento muy dicho… so… ¡Ay, qué tonto… soy!
El anciano abrazó a Kitty, le besó la cara, luego la mano, el rostro de nuevo y, al fin, la persignó.
Y Levin, viendo como Kitty, durante largo rato y con dulzura, besaba la mano carnosa del anciano PrÃncipe, sintió despertar en él un vivo sentimiento de afecto hacia aquel hombre que hasta entonces habÃa sido para él un extraño.