Ana Karenina
Ana Karenina –¡Cómo lo sabÃa que esto habÃa de terminar asÃ! ParecÃa que hubiese perdido toda esperanza pero en el fondo de mi ser nunca dejé de alimentar esta seguridad –dijo–. Creo que era una especie de predestinación.
–Yo también –repuso Kitty . Hasta cuando…
Se interrumpió; luego continuó mirándole con decisión con sus ojos incapaces de mentir.
–Hasta cuando rechacé la felicidad… Nunca he amado más que a usted. Pero confieso que me sentÃa deslumbrada… ¿Podrá usted olvidarlo?
–Quizá haya sido mejor asÃ. También usted debe perdonarme mucho… He de decirle…
Lo que querÃa decirle, lo que tenÃa decidido manifestarle desde los primeros dÃas, eran dos cosas: que no era tan puro como ella y que no tenÃa fe en Dios.
Ambas cosas resultaban muy penosas, pero se consideraba obligado a conferÃrselas.
–¡Ahora no!, luego –añadió.
–Bueno, luego… Pero no deje de decÃrmelo. Ahora no temo nada. Quiero saberlo todo, porque todo está ya resuelto…
Levin concluyó la frase:
–… Resuelto que me tomará tal como soy, ¿verdad? ¿No me rechazará?