Ana Karenina

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–No, no.

Su conversación fue interrumpida por la señorita Linon, la cual, riendo suavemente, con amable risa, entró para felicitar a su discípula predilecta. Antes de que ella saliera, entraron los criados también a felicitarles. Luego llegaron los parientes, y con ello se anunció para Levin el comienzo de aquel estado de ánimo insólito y de bienaventuranza del que no salió hasta el segundo día de su boda.

Levin se sentía continuamente turbado y confundido, pero su felicidad aumentaba cada vez más. Tenía la impresión constante de que exigían de él muchas cosas que no sabía, pero hacía cuanto le pedían y el hacerlo le colmaba de ventura. Creía que su matrimonio no habría de parecerse en nada a los otros, que el hecho de desarrollarse en las circunstancias tradicionales en las bodas habría de estorbar a su felicidad.

Pero, a pesar de haberse hecho exactamente lo que se hacía en todas las bodas, su felicidad no hizo con ello sino crecer, reforzándolo y, sin duda, en nada parecida a la experimentada por los otros novios.

–Ahora deberíamos comer bombones –decía la señorita Linon.

Y Levin iba a comprar bombones.

–Sí; su boda me satisface mucho –afirmaba Sviajsky–. Le recomiendo que compre las flores en casa de Fomin.


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