Ana Karenina
Ana Karenina –¿Es necesario? –preguntaba Levin.
Y las iba a comprar.
Su hermano le aconsejaba que tomase dinero prestado, porque habrÃa muchos gastos, muchos regalos que hacer..
–¡Ah! ¿Hay que hacer regalos?
Y Levin se dirigió corriendo a la joyerÃa de Fouldré.
En la confiterÃa, en la joyerÃa, en la tienda de flores, Levin notaba que le esperaban, que estaban contentos de verle y que compartÃan su dicha como todos los que trataba en aquellos dÃas.
Era extraordinario que, no sólo todos le apreciaban, sino que hasta personas antes frÃas, antipáticas e indiferentes, estaban ahora entusiasmadas con él, lo atendÃan en todo, trataban con suave delicadeza su sentimiento y participaban de su opinión de que era el hombre más feliz del mundo, porque su novia era un dechado de perfecciones.
Kitty se sentÃa igual que él. Cuando la condesa Nordston se permitió insinuar que habrÃa deseado para ella algo mejor, la muchacha se exaltó tanto, demostró con tal calor que nada en el mundo podÃa ser mejor que Levin, que Nordston se vio obligada a reconocerlo y en presencia de Kitty ya nunca acogÃa a Levin sin una sonrisa de admiración.