Ana Karenina
Ana Karenina
Karenin se despidió de Betsy en la sala y volvió al lado de su mujer. Ana estaba tendida en el diván, pero al sentir los pasos de su marido recobró precipitadamente su posición anterior y le miró con temor. Alexey Alejandrovich notó que ella había llorado.
–Te agradezco tu confianza en mí –dijo, repitiendo en ruso lo que dijera ante Betsy en francés.
Y se sentó a su lado.
Cuando Karenin hablaba en ruso y le tuteaba, este «tú» producía en Ana un irresistible sentimiento de irritación.
–Agradezco mucho tu decisión. Creo también que, puesto que se marcha, no hay necesidad alguna de que el príncipe Vronsky venga aquí. De todos modos…
–Sí, ya lo he dicho yo. ¿Para qué insistir? –interrumpió de pronto Ana.
«¡No hay ninguna necesidad», pensaba, «de que venga un hombre para despedirse de la mujer a quien ama, por la que quiso matarse, por la que ha deshecho su vida! ¡La mujer que no puede vivir sin él! ¡Y dice que no hay ninguna necesidad!».
Ana apretó los labios y puso la mirada de sus ojos brillantes en las manos de Alexey Alejandrovich, con sus venas hinchadas, que en aquel momento se frotaba lentamente una contra otra.