Ana Karenina
Ana Karenina –No hablemos más de esto –añadió, más sosegada.
–Te he dejado resolver la cuestión por ti misma y me alegro de que… ––empezó Alexey Alejandrovich.
–De que mi deseo coincida con el suyo –concluyó Ana, molesta de que su marido hablara tan despacio cuando ella sabÃa bien lo que iba a decirle.
–Sà –afirmó él– Y la princesa Tverskaya hace mal en intervenir en los asuntos de una familia ajena, que son siempre delicados… Sobre todo, ella…
–No creo nada de lo que murmuran de Betsy –interrumpió precipitadamente Ana–. Sólo sé que me quiere sinceramente.
Alexey Alejandrovich suspiró y calló. Ana jugueteaba, inquieta, con las borlas de su bata, mirando a su marido con el doloroso sentimiento de repulsión fÃsica que tanto se reprochaba pero que no podÃa dominar. Ahora no deseaba más que una cosa: verse libre de su desagradable presencia.
–He enviado a buscar al médico –dijo Karenin.
–Me encuentro bien. ¿Para qué necesito al médico?
–La pequeña sigue quejándose y aseguran que la nodriza tiene poca leche.