Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Por qué no me permitiste que la amamantase cuando te lo rogué? Pero da igual: a la niña la matarán.

Alexey Alejandrovich comprendió muy bien lo que significaba aquel «da igual».

Ana llamó y mandó que le trajesen a la niña.

–Pedí –dijo– que se me dejase amamantarla; no se me dejó hacerlo y ahora se me reprocha.

–No te lo reprocho, Ana.

–¡Sí me lo reprocha usted! ¡Dios mío! ¿Por qué no habré muerto? –sollozó Ana–. Perdóname; estoy irritada y hablo sin razón. Déjame sola ahora, haz el favor –dijo, recobrando la serenidad.

«Esto no puede continuar así» , se dijo resueltamente Alexey Alejandrovich al salir del cuarto de su mujer.

Jamás lo insostenible de su situación ante los ojos del gran mundo, jamás la aversión de su mujer hacia él, jamás todo el poder de aquella fuerza misteriosa que, contrapesando su estado de ánimo, guiaba su vida obligándole a ejecutar su voluntad y a cambiar sus relaciones con su mujer, jamás todo aquello se le presentó con tan absoluta claridad como en aquel momento.


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