Ana Karenina

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Halló así alivio y descanso de su conversación con Levin, el cual le arrastraba siempre a una tensión espiritual y cerebral excesivas.

Cuando el tártaro apareció con la cuenta de veintiséis rublos y algunos copecks, más un suplemento por vodkas, Levin –que en otro momento, como hombre del campo, se habría horrorizado de aquella enormidad, de la que le correspondía pagar catorce rublos–, no prestó al hecho atención alguna.

Pagó, pues, aquella cantidad y se dirigió a su casa para cambiar de traje a ir a la de los Scherbazky, donde había de decidirse su destino.

 








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