Ana Karenina
Ana Karenina Como es éste tu carácter, quisieras que el mundo estuviera compuesto de fenómenos enteros, y en realidad no es asÃ. Tú, por ejemplo, desprecias la actividad social y el trabajo oficial porque quisieras que todo esfuerzo estuviera en relación con su fin, y eso no sucede en la vida. DesearÃas que la tarea de un hombre tuviera una finalidad, que el amor y la vida matrimonial fueran una misma cosa, y tampoco ocurre asÃ. Toda la diversidad, la hermosura, el encanto de la vida, se componen de luces y sombras.
Levin suspiró, pero nada dijo. Pensaba en sus asuntos y no escuchaba a Oblonsky.
Y de pronto los dos comprendieron que, aunque eran amigos, aunque habÃan comido y bebido juntos –lo que debÃa haberlos aproximado más–, cada uno pensaba en sus cosas exclusivamente y no se preocupaba para nada del otro. Oblonsky habÃa experimentado más de una vez esa impresión de alejamiento después de una comida destinada a aumentar la cordialidad y sabÃa lo que hay que hacer en tales ocasiones.
–¡La cuenta! –gritó, saliendo a la sala inmediata.
Encontró allà a un edecán de regimiento y entabló con él una charla sobre cierta artista y su protector.