Ana Karenina

Ana Karenina

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Vronsky no comprendía que, aun en aquella entrevista, Ana pensase en su hijo y en el divorcio… ¿Qué le importaba todo aquello?

–No hables de eso, ni lo pienses –dijo atrayendo hacia sí la mano de su amada para que se ocupase sólo de él. Pero Ana no le miraba.

–¿Por qué no habré muerto? Habría sido mejor –dijo ella–. Y lágrimas silenciosas corrieron por sus mejillas. Mas se sobrepuso y procuró sonreír para no entristecerle.

Según las antiguas ideas de Vronsky, renunciar al puesto de ventaja y peligro que le ofrecían en Tachkent era vergonzoso e imposible. Pero ahora renunció a él sin un titubeo y, notando que en las altas esferas le desaprobaban, pidió el retiro.

Un mes más tarde, Ana y Vronsky marchaban al extranjero. Karenin quedó solo en su casa con su hijo. Había renunciado al divorcio para siempre.

 


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