Ana Karenina
Ana Karenina –Todo pasará… ¡Todo pasará y seremos felices! Nuestro amor, después de todo eso, ha crecido, si cabe, por terrible que sea –afirmó Vronsky, alzando la cabeza y mostrando al sonreÃr, sus fuertes dientes.
Y Ana no pudo contestarle ni con palabras ni con una sonrisa, sino con la expresión amorosa de sus ojos. Luego tomó la mano de Vronsky a hizo que la acariciase sus mejillas frÃas y sus cabellos cortados.
–Con el cabello corto no pareces la misma… Te encuentro guapa; pareces una niña… Pero ¡qué pálida estás!
–Me siento muy débil –respondió Ana sonriendo. Y sus labios temblaron otra vez.
–Iremos a Italia y allà te repondrás –dijo él.
–¿Es posible que vivamos juntos, como esposos, formando una familia? –repuso Ana, mirándole muy de cerca a los ojos.
–Lo único que me extraña es que antes haya sido posible lo contrario ––contestó Vronsky.
–Stiva dice que «él» consiente en todo, pero no puedo aceptar su magnanimidad –indicó Ana, mirando a otro lado, melancólicamente–. No quiero el divorcio. Todo me da igual. Sólo me preocupa lo que va a decidir respecto a Sergio.