Ana Karenina

Ana Karenina

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Olvidándose incluso de acompañar a Betsy hasta la puerta, olvidándose de todas sus resoluciones, sin preguntar cuándo podía visitarla ni dónde estaba el marido, Vronsky se dirigió inmediatamente a casa de los Karenin.

Subió corriendo la escalera, sin ver nada ni a nadie, y con paso rápido, conteniéndose para no seguir corriendo, pasó a la habitación de Ana.

Sin reflexionar, sin mirar si había o no alguien en la habitación, Vronsky la estrechó contra su pecho y cubrió de besos su rostro, manos y garganta.

Ana estaba preparada para recibirle y había pensado en lo que le debía hablar, pero no tuvo tiempo para decirle nada de lo que había pensado. La pasión de él la arrebató. Habría querido calmarse, pero era tarde ya. El mismo sentimiento de Vronsky se le había comunicado a ella.

Sus labios temblaban y durante largo rato no pudo hablar.

–Te has adueñado de mí… Soy tuya… –murmuró al fin, oprimiéndole el pecho con las manos.

–Tenía que ser así –respondió Vronsky–. Mientras vivamos, tiene que ser así. Ahora lo comprendo.

–Es verdad –dijo Ana, palideciendo cada vez más y besándole la cabeza–. Pero de todos modos, esto, después de lo sucedido, es terrible.


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