Ana Karenina
Ana Karenina Ahora, expiaba su falta ante Karenin, estaba, es verdad, firmemente resuelto a no interponerse nunca entre la esposa arrepentida y su marido; pero no podía arrancar de su alma la pena de haber perdido su amor; no podía borrar de su memoria los momentos pasados con Ana, que antes apreciara en tan poco, y cuyo recuerdo le perseguía ahora incesantemente.
Serpujovskoy le había buscado un destino en Tachkent y Vronsky lo había aceptado sin la menor vacilación. Pero, a medida que se acercaba el momento de partir, tanto más penoso le resultaba el sacrificio que ofrecía a lo que consideraba su deber.
La herida quedó curada. Empezó a salir y a realizar sus preparativos de viaje a Tachkent.
«Quiero verla una vez y luego desaparecer, morir … », pensaba Vronsky, mientras hacía sus visitas de despedida.
Expresó aquel pensamiento a Betsy. Ésta lo transmitió a Ana y volvió con una respuesta negativa.
«Tanto mejor», se dijo Vronsky, al saberlo. «Era una debilidad que habría consumido mis últimas fuerzas.»
Al día siguiente, por la mañana, Betsy fue a su casa y le manifestó que había recibido por Oblonsky la afirmación de que Karenin entablaba el divorcio. Y por tanto, Vronsky podía ver a Ana.