Ana Karenina
Ana Karenina –Nadie lo dice. Pero espero que no vuelvas a tener un descuido –repuso ella con interrogativa sonrisa.
–No lo haré, probablemente, pero más habrÃa valido que… Y Vronsky sonrió con tristeza.
Pese a tales palabras y a la sonrisa que tanto asustara a Varia, cuando la inflamación cesó, el herido, reponiéndose, se sintió libre de una parte de sus penas.
Con lo que habÃa hecho, parecÃale haber borrado parcialmente la vergüenza y la humillación que experimentara antes. Ahora podÃa pensar con más serenidad en Alexey Alejandrovich, de quien reconocÃa toda la grandeza de alma sin sentirse, sin embargo, rebajado por ella. PodÃa además, mirar a la gente a la cara sin avergonzarse, reanudar su habitual género de existencia, vivir con arreglo a sus costumbres.
Lo único que no podÃa arrancar de su alma, a pesar de que luchaba constantemente contra este sentimiento que le sumÃa en la desesperación, era el haber perdido a Ana.