Ana Karenina

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Capítulo 23

 

La herida de Vronsky era peligrosa y, aunque la bala no había alcanzado el corazón, el herido estuvo varios días luchando entre la vida y la muerte.

Cuando pudo hablar por primera vez, únicamente Varia, la mujer de su hermano, estaba junto al lecho.

–Varia –dijo él, mirándola con gravedad–: el arma se me disparó por un descuido. Te ruego que no me hables nunca de esto. Y dilo a todos así. Otra cosa sería demasiado estúpida.

Varia, sin contestarle, se inclinó hacia él y le miró a la cara con una sonrisa de contento. Los ojos de Vronsky eran ahora claros, sin fiebre, pero en ellos se dibujaba una expresión severa.

–¡Gracias a Dios! –exclamó Varia–. ¿Te duele algo?

Y Vronsky indicaba el pecho.

–Un poco aquí.

–Voy a anudarte mejor la venda.

Vronsky, en silencio, apretando con fuerza las recias mandíbulas, la miraba mientras ella le arreglaba el vendaje. Cuando terminó, Vronsky dijo:

–Oye: no deliro. Y te ruego que procures que, cuando se hable de esto, no se diga que disparé deliberadamente.


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