Ana Karenina
Ana Karenina
La herida de Vronsky era peligrosa y, aunque la bala no habÃa alcanzado el corazón, el herido estuvo varios dÃas luchando entre la vida y la muerte.
Cuando pudo hablar por primera vez, únicamente Varia, la mujer de su hermano, estaba junto al lecho.
–Varia –dijo él, mirándola con gravedad–: el arma se me disparó por un descuido. Te ruego que no me hables nunca de esto. Y dilo a todos asÃ. Otra cosa serÃa demasiado estúpida.
Varia, sin contestarle, se inclinó hacia él y le miró a la cara con una sonrisa de contento. Los ojos de Vronsky eran ahora claros, sin fiebre, pero en ellos se dibujaba una expresión severa.
–¡Gracias a Dios! –exclamó Varia–. ¿Te duele algo?
Y Vronsky indicaba el pecho.
–Un poco aquÃ.
–Voy a anudarte mejor la venda.
Vronsky, en silencio, apretando con fuerza las recias mandÃbulas, la miraba mientras ella le arreglaba el vendaje. Cuando terminó, Vronsky dijo:
–Oye: no deliro. Y te ruego que procures que, cuando se hable de esto, no se diga que disparé deliberadamente.