Ana Karenina

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Respecto a la religión, Levin, como la mayoría de sus contemporáneos, se hallaba en una situación indefinida. No podía creer, pero a la vez no tenía la certeza de que la religión no fuese justa y necesaria.

Y por ello, incapaz de creer en la importancia de lo que hacía, ni de mirarlo con indiferencia como mera formalidad, todo el tiempo que pasaba estos días en la iglesia experimentaba cierto malestar y vergüenza. La voz de su conciencia le decía que hacer una cosa sin comprenderla era una acción deshonesta, una falsedad.

Durante los oficios religiosos, Levin, escuchaba las oraciones procurando darles un significado no distinto de sus propias ideas, o, reconociendo que no podía comprenderlas y que debía censurarlas, procuraba no oírlas, abstrayéndose en pensamientos, observaciones y recuerdos que con particular claridad pasaban por su cerebro durante aquella ociosa permanencia en la iglesia.

Asistió a misa y vísperas, y, aquella misma tarde, a la lectura de las reglas de confesión; al día siguiente, levantándose más temprano que de costumbre y sin tomar su desayuno, fue a la iglesia a las ocho, a fin de confesarse después de las oraciones matinales.

En la iglesia no había nadie, salvo un soldado, un mendigo, dos ancianas y los clérigos.


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