Ana Karenina
Ana Karenina Un joven diácono, de ancha y bien formada espalda bajo la leve sotana, se acercó a Levin y, luego, acercándose a la mesita próxima a la pared, comenzó a leerle las reglas.
Oyendo la lectura y sobre todo la repetición de las mismas palabras, « Señor, ten misericordia … » , que se unían en un monótono «Señor da… Señor da … », Levin sentía la impresión de tener su pensamiento cerrado y sellado sin poder tocarlo ni moverlo, porque de lo contrario le parecería que habría de ser aún mayor su confusión. Y por ello, en pie tras el diácono, sin escucharle ni compenetrarse con sus palabras, continuaba entregado a sus reflexiones.
«¡Es extraordinaria la expresión que tienen sus manos! », se decía, recordando el día anterior, en que estuviera sentado con Kitty cerca de la mesa, en un rincón del salón. Como sucedía casi siempre por aquellos días, no tenían nada que decirse, y Kitty, poniendo la mano en la mesa, la cerraba y la abría, y, reparando ella misma en tal movimiento, se puso a reír.
Levin recordó que le había besado la mano, fijándose en las líneas que se unían sobre la palma, de color suavemente sonrosado.
«¡Otra vez "Señor da"!» , pensó, persignándose y mirando el movimiento de la espalda del diácono, que se inclinaba al santiguarse.