Ana Karenina
Ana Karenina Al terminar, hizo un saludo hasta el suelo y, volviéndose hacia él y mostrándole un crucifijo, le dijo:
–«Aquà está Cristo, en presencia invisible, para recibir su confesión. ¿Cree usted en lo que nos enseña nuestra Santa Iglesia Apostólica?» –continuó el sacerdote, apartando los ojos del rostro de Levin y cruzando las manos bajo la estola en ademán de orar.
–Dudaba y dudo de todo –contestó Levin, en voz que le sonó desagradable incluso a él.
Y calló.
El sacerdote esperó unos segundos, para ver si decÃa todavÃa algo, y, cerrando los ojos y pronunciando las oes a la manera de la provincia de Vladimir, dijo:
–La duda es propia de la debilidad humana, pero debemos orar para que Dios misericordioso nos ilumine. ¿Cuáles son sus principales pecados? –añadió el sacerdote sin hacer una sola pausa, como no queriendo perder tiempo.
–Mi pecado principal es la duda. Dudo de todo. La duda me persigue casi en todo momento.
–La duda es propia de la debilidad humana –repitió el cura con iguales palabras–. ¿De qué duda usted en especial?
–De todo. A veces dudo de la existencia de Dios –dijo Levin, sin querer.