Ana Karenina
Ana Karenina Y se horrorizó de la inconveniencia de lo que decÃa. Pero tas palabras de Levin no parecieron causar al sacerdote impresión alguna.
–¿Qué duda puede caber de la existencia de Dios? –dijo el sacerdote rápidamente, casi con una imperceptible sonrisa.
Levin callaba.
–¿Qué duda puede caber sobre el Creador cuando se contemplan sus obras? –continuaba el sacerdote con su hablar rápido y monótono–. ¿Quién adornó con astros la bóveda celeste? ¿Quién revistió la tierra de sus bellezas? ¿Cómo podrÃan existir todas estas cosas sin un Creador?
Y miró interrogativamente a Levin.
Éste comprendÃa que era poco delicado entrar en discusiones filosóficas con el sacerdote y sólo contestó lo que se referÃa directamente a la cuestión.
–No lo sé –repuso.
–Pues si no lo sabe ¿cómo puede dudar de que Dios lo ha creado todo? –preguntó el sacerdote con alegre sorpresa.
–No comprendo nada –dijo Levin, sonrojándose al advertir la necedad de sus palabras y lo inadecuadas que eran a la situación.