Ana Karenina
Ana Karenina –No soy enemigo de él. Soy amigo de la distribución del trabajo. La gente que no puede hacer otra cosa, debe hacer hombres, y los demás contribuir a su instrucción y felicidad. Asà lo creo. Hay muchos que quieren confundir esas dos actividades, pero yo no me cuento entre ellos.
–¡Cómo me alegraré cuando sepa que usted está enamorado! –dijo Levin–. ¡No deje de invitarme a la boda!
–Ya estoy enamorado.
–SÃ, de la jibia –indicó Levin a su hermano–. Miguel Semenich está escribiendo ahora una obra sobre la nutrición y…
–No confundamos las cosas. No porque se trate de mi obra, pero en realidad aprecio la jibia…
–La jibia no le impedirá amar a su mujer.
–La jibia no, pero la mujer sÃ.
–¿Por qué?
–Ya lo verá por sà mismo. A usted le gustan la caza, los trabajos de la finca… Ya lo verá, ya…
–Hoy ha venido Arjip, y dice que en Prudnoe hay una enormidad de alces y de osos –afirmó Chirikov.
–Pues los cazarán ustedes sin mÃ.
–Claro: en el futuro dará usted el adiós a la caza del oso. Su mujer no le dejará ir.