Ana Karenina
Ana Karenina Levin sonrió. La idea de que su mujer no le dejara ir a cazar le era tan agradable que estaba dispuesto a renunciar a aquella diversión para siempre.
–De todos modos, es lástima cazar esos osos sin usted. ¿Recuerda la última vez en Yapilovo? ¡Qué caza tan espléndida hicimos! –dijo Chirikov.
Levin, no queriendo decepcionarle diciéndole que dudaba que hubiese algo bueno allà donde no estuviese Kitty, optó por callar.
–Por algo existe esta costumbre de despedirse de la vida de soltero –dijo su hermano–. Puedes ser muy feliz, pero, de todos modos, siempre es lamentable perder la libertad.
–Confiéselo: ¿no es verdad que siente el deseo del novio de la comedia de Gogol que quiere huir de la boda saltando por la ventana?
–Seguro que sÃ, pero no quiere confesarlo –afirmó Katavasov.
Y rió a carcajadas.
–¿Por qué no? La ventana está abierta. ¡Vámonos ahora mismo a Tver! La osa está sola y podemos buscarla en su cubil. Ea, marchémonos en el tren de las cinco y que se arreglen aquà como quieran –dijo, riendo, Chirikov.
–Les juro –aseguró Levin sonriente– que por más que hago no consigo encontrar en mi alma ese sentimiento de dolor por la pérdida de mi libertad.