Ana Karenina

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–En su alma reina tal caos ahora que es imposible encontrar nada en ella –dijo Katavasov–. Aguarde un poco y cuando la tenga algo más en orden, ya me lo dirá…

–No. Bien podía, aparte de mi sentimiento –no quiso decir «de mi amor» – y de la felicidad que experimento, lamentar perder la libertad. Pero, por el contrario, me siento satisfecho de perderla.

–¡Malo! ¡Es un caso desesperado! –exclamó Katavasov–. ¡Bebamos por su curación o porque se realice, siquiera, la centésima parte de sus ilusiones! Con esto ya, tendrá tanta felicidad como es posible hallar en la tierra.

Después de comer, los amigos se marcharon para tener tiempo de vestirse antes de la boda.

Al quedar solo y recordar la conversación de aquellos solterones, Levin se preguntó una vez más si existía en su alma algún sentimiento de dolor por la libertad que perdía y del que ellos hablaban tanto, y sonrió al formularse aquella pregunta. «¡Libertad! ¿Para qué quiero la libertad? La dicha consiste en amar y desear, y pensar con los sentimientos de ella, es decir, en no tener libertad alguna. ¡Eso es la felicidad!»

«Pero, ¿acaso conoces sus pensamientos y deseos?» , murmuró una voz en su interior.


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