Ana Karenina
Ana Karenina –¡Oh! –exclamó Kitty, radiante de alegrÃa al verle–. ¿Cómo? Tú… usted –hasta aquel último dÃa le habÃa hablado indistintamente de «usted» y de «tú» –. No te esperaba. Estoy repartiendo mis vestidos de soltera, mirando a quién puedo regalárselos…
–Muy bien –dijo él mirando súbitamente a la muchacha.
–Sal, Duniascha… Ya te llamaré cuando… –ordenó Kitty–. Pero, ¿qué te pasa? –preguntó, continuando decididamente su tuteo después de que la criada hubo salido. Ella veÃa la extraña expresión de su rostro, agitado y sombrÃo, y tuvo miedo.
–Kitty, sufro mucho y no puedo soportarlo solo… –repuso Levin, con desesperación, deteniéndose ante ella y mirándola suplicante.
VeÃa bien, por la mirada franca y cariñosa de su novia que no le saldrÃa nada de lo que querÃa decirle, pero necesitaba que ella misma le sacase de dudas.
–He venido a decirte que todavÃa estamos a tiempo, que aún es posible deshacer y arreglar…
–¡No lo comprendo! ¿Qué te pasa?