Ana Karenina
Ana Karenina –Lo que te he dicho mil veces y no puedo dejar de pensar: que no te merezco… No es posible que consientas en casarte conmigo. Piénsalo bien. Te has equivocado, no puedes amarme… Vale más que me lo digas –seguÃa Levin sin mirarla–. Seré desgraciado. Que diga lo que quiera la gente; todo será preferible a la infelicidad. Mejor será que lo hagamos ahora que estamos todavÃa a tiempo.
–No te comprendo –repuso Kitty asustada–. ¿Es posible que quieras renunciar y que no… ?
–SÃ, si no me amas.
–¿Estás loco? ––exclamó ella enrojeciendo de indignación.
Pero el rostro de Levin inspiraba en aquel momento tanta compasión que Kitty, conteniendo su enojo, quitó los vestidos de la butaca y se sentó a su lado.
–¿Qué piensas? DÃmelo todo.
–Pienso que no puedes amarme. ¿Por qué me habrÃas de amar?
–¡Dios mÃo! ¿Qué puedo decir? –exclamó Kitty llorando.
–¡Oh! ¿Qué he hecho? –se lamentó Levin. Y arrodillándose ante ella le besó las manos.