Cuentos populares
Cuentos populares Cuando me acerqué a la hoguera para encender un cigarro, Velenchuk, que siempre se mostraba diligente, y en esta ocasión se afanaba más que nadie porque había cometido una falta, en un acceso de celo, sacó del fuego una brasa que pasó un par de veces de una mano a otra, hasta que finalmente la tiró al suelo.
—Enciende una rama y dásela —dijo uno.
—Acercadle una mecha, hermanos —intervino otro.
Cuando finalmente encendí el cigarro sin la ayuda de Velenchik, que de nuevo había querido coger una brasa, se frotó los dedos quemados en la parte posterior de los faldones de su capote y, por hacer algo, levantó un enorme tronco y lo lanzó a la hoguera con todas sus fuerzas. Cuando juzgó por fin que ya podía descansar, se acercó a las llamas, se desabrochó el capote que llevaba a guisa de capa, abotonado con un solo botón, separó las piernas, extendió hacia delante sus manazas negras y, torciendo ligeramente la boca, entornó los ojos.
—¡Vaya, se me ha olvidado la pipa! ¡Qué desgracia, hermanos míos! —exclamó, después de un breve silencio y sin dirigirse a nadie en particular.