Cuentos populares
Cuentos populares No tardaron en mandarnos que nos pusiéramos en camino de nuevo; y, cuando hubimos recorrido unos cuantos cientos de pasos a campo traviesa, nos indicaron el paraje. A la derecha se veía la ribera escarpada de un riachuelo sinuoso y las altas estacas del cementerio tártaro. A la izquierda, y frente a nosotros, se divisaba una línea negra a través de la niebla. La sección se bajó de los avantrenes. La octava compañía, que defendía la retaguardia, colocó los fusiles en pabellón, y el batallón de soldados penetró en el bosque, armado de hachas y fusiles.
Pero, antes que transcurrieran cinco minutos, empezaron a crepitar hogueras humeantes por todos lados; los soldados atizaban el fuego con los pies y las manos; arrastraban leños y ramas y cientos de hachas golpeaban sin cesar troncos de árboles que se desplomaban.
Los artilleros, rivalizando con los infantes, encendieron su propia hoguera y, aunque ardía vivamente, hasta el punto de que no se podían acercar a dos pasos, no se contentaban; arrastraban troncos, echaban broza y atizaban el fuego cada vez más. La densa humareda negra se filtraba a través de las ramas heladas, cuyas gotas de rocío hervían con la llama; abajo se habían formado carbones y la hierba blanca y mortecina se había deshelado en torno a la hoguera.