Cuentos populares
Cuentos populares Por espacio de tres horas avanzamos lentamente por unos campos sin labrar, desprovistos de nieve, y por los espinares que crujían bajo las ruedas de los cañones en aquella silenciosa oscuridad. Finalmente, cuando atravesamos un riachuelo poco profundo, aunque de curso muy rápido, nos ordenaron que nos detuviéramos. En la vanguardia se oyeron unos disparos de fusil. Como siempre, estos disparos excitaron particularmente a todos. El destacamento pareció despertarse: en las filas se oyó un gran movimiento, conversaciones y risas. Algunos soldados luchaban con sus compañeros; otros, saltaban de un pie a otro: otros, comían pan seco, o, para pasar el tiempo, se ejercitaban en presentar y rendir armas. La niebla comenzaba a disiparse por Oriente, la humedad se hacía más sensible y los objetos circundantes iban destacándose paulatinamente en la oscuridad. Ya distinguía las cureñas, y los armones, el cobre de los cañones cubiertos de humedad, las conocidas figuras de mis soldados, que involuntariamente había examinado hasta en sus mínimos detalles, los caballos bayos y las filas de infantería con sus bayonetas claras, sus mochilas, sus sacatrapos y sus marmitas colgados en la espalda.