Cuentos populares
Cuentos populares Velenchuk pertenecía a la clase de los sumisos diligentes. Era de origen ucraniano y servía en el ejército desde hacía quince años; era un soldado insignificante y poco hábil, pero ingenuo, bondadoso, muy diligente —aunque la mayoría de las veces intempestivo de su celo— sumamente honrado. Digo sumamente honrado porque el año anterior ocurrió un hecho en el que mostró de un modo patente esa cualidad característica. Es preciso observar que casi todos los soldados tienen su oficio. El más corriente es el de sastre o el de zapatero. Velenchik aprendió por sí mismo el primero de ellos, y a juzgar por el hecho de que Mijail Dorofeievich en persona, el sargento, le encargaba sus trajes, había llegado a cierto grado de perfección en su arte. El año anterior, Velenchik se encargó de confeccionar un capote de buena calidad para Mijail Dorofeievich; pero la misma noche en que lo cortó, le puso el forro y lo guardó debajo de la almohada, le ocurrió un percance: el paño, que había costado siete rublos, desapareció. Velenchuk, con sus ojos arrasados de lágrimas, los pálidos labios temblorosos y reprimiendo los sollozos, se lo comunicó al sargento. Mijail Dorofeievich se indignó. En el primer momento, despechado, amenazó al sastre, pero luego, como hombre bueno y pudiente, se despreocupó de aquello sin exigirle a Velenchik el importe del capote. Por más que hizo el diligente Velenchuk, por más que lloró y contó su desgracia, no se pudo encontrar al ladrón. Aunque se sospechaba de un soldado, calavera, libertino, un tal Chernov, que dormía con él en la misma tienda, no existían pruebas convincentes. El autoritario diplomático, Mijail Dorofeievich, como hombre de buena posición, hacía pequeños negocios con el vigilante del arsenal y con el jefe de la cooperativa, aristócratas de la batería, y no tardó en olvidar por completo la desaparición de su capote. Velenchik, en cambio, no pudo olvidar su desgracia. Los soldados temieron en aquella época que se suicidara o huyese al monte, hasta tal punto le había afectado su desventura. No comía ni bebía, ni siquiera podía trabajar y lloraba sin tregua. A los tres días de aquello, Velenchk, pálido, se presentó ante Mijail Dorofeievich y, con mano temblorosa, extrajo de la bocamanga una moneda de oro y se la tendió.