Cuentos populares
Cuentos populares —Durante diez años, viví en el desorden más repulsivo, soñando con el amor más noble, y hasta en nombre de ese amor. Sí, antes de contarle cómo asesiné a mi mujer, he de decirle de qué modo me pervertí. La maté antes de conocerla: maté a la mujer desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad sin amor, y con eso y, desde entonces, maté a la mía. Sí. Señor, no he comprendido mi crimen y el origen de todas mis desgracias sino después de haberme atormentado y de haber vivido largo tiempo en continuo suplicio. Vea usted, pues, dónde y cómo empezó el drama que ha acarreado mi desgracia.
Hay que remontarse a la época en que tenía dieciséis años, cuando estaba todavía en el colegio y mi hermano mayor estudiaba el primer curso. Aunque en aquella época no andaba yo aún en tratos con mujeres, no era inocente ni mucho menos, como tampoco lo son los infelices niños de nuestra sociedad. Hacía más de un año que me habían abierto los ojos algunos mozalbetes, amigos míos, y que me torturaba la idea de la mujer, no como se quiera, sino la idea de la mujer como algo infinitamente delicioso, la idea de la desnudez de la mujer. Mi soledad no era ya pura. Vivía en un suplicio, como seguramente le habrá pasado a usted y al noventa y nueve por ciento de nuestros muchachos. Sentía un vago espanto, oraba a Dios y me prosternaba.