Cuentos populares
Cuentos populares Estaba ya pervertido en imaginación y en la realidad, pero me faltaba dar los últimos pasos. Me perdía a mis solas, más sin haber puesto las manos todavía en otro ser humano. Todavía era tiempo de salvarme, cuando he aquí que un amigo de mi, hermano un estudiante muy alegre, de los que se llaman mozos de chispa, es decir, uno de los mayores bribones, al que debíamos ya el saber beber y jugar a las cartas, se aprovechó de una noche de embriaguez para arrastrarnos. Fuimos. Mi hermano, tan inocente como yo, cayó esa noche… Y yo, un monigote de dieciséis años me manché igualmente y contribuí a la deshonra de la mujer, sin comprender lo que hacía; nunca he pensado que cometiese por ello una mala acción. Verdad es que hay diez mandamientos en la Biblia; pero los mandamientos no son más que para recitarlos delante de los curas, y no parecen tan indispensables siquiera como los preceptos sobre el uso del que en las oraciones subordinadas.