Cuentos populares

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De modo que yo no había oído nunca a las personas mayores, cuya opinión respetaba, que aquello fuese reprensible. Al contrario, muchas personas me decían que había hecho bien, que, después de ese acto, se calmarían mis luchas y mis sufrimientos: eso lo había oído o lo había leído. Había oído decir a las personas mayores que era saludable, y mis amigos creían ver en ello cierta audacia merecedora de aplauso. Así, pues, el hecho era enteramente loable. En cuanto al peligro de una enfermedad, no hay que temer; ¿no se cuida: de ello el gobierno? Este rige la marcha regular de las casas públicas, asegura la higiene de la corrupción en beneficio de todos nosotros, jóvenes y viejos, y se encargan de esta vigilancia médicos retribuidos. ¡Perfectamente bien! Afirman que el libertinaje es provechoso para la salud, e instituyen una corrupción regular. Sé de algunas madres que vigilan para que la salud de sus hijos no se altere por lo que a este caso refiere. ¡Y la ciencia misma los envía a los lupanares!

—Pero ¿por qué dice usted la ciencia? —pregunté.

—Los médicos son los sacerdotes de la ciencia. ¿Quién pervierte a los jóvenes afirmando tales reglas de higiene? ¿Quién pervierte a las mujeres ideando y enseñándoles medios de no tener familia? ¿Quién cuida la enfermedad? ¡Ellos!

—Pero ¿por qué no cuidar la enfermedad?


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