Cuentos populares
Cuentos populares Finalmente, el quinto, que se hallaba sentado algo más lejos de la hoguera tallando una ramita, era Jdanov, el más antiguo de todos los soldados de la batería. Había conocido a todos los demás como reclutas, que por una antigua costumbre lo llamaban tiíto. Según decían, no bebía nunca, no fumaba, no jugaba a las cartas, ni profería juramentos. Todo el tiempo que le quedaba libre del servicio lo empleaba en su oficio de zapatero; los días festivos iba a la iglesia, siempre que le fuera posible, o bien encendía una vela que costaba un kopeck ante una imagen y abría el libro de Salmos, el único que sabía leer. Hablaba poco con los soldados y se mostraba frío y respetuoso con los de grado superior, aunque fuesen más jóvenes que él; como no bebía, no tenía ocasión de tratar a sus iguales; sin embargo, apreciaba mucho a los reclutas y a los soldados jóvenes: los solía proteger, les daba consejos y, a menudo, les ayudaba. Todos los de la batería lo consideraban como a un capitalista, porque tenía veinticinco rublos, que prestaba al soldado que realmente los necesitase. Maximov, que en la actualidad era polvorista, me contó que diez años atrás, cuando entró en filas y los veteranos se gastaron su dinero en beber, al enterarse de su situación, Jdanov lo llamó y, después de recriminarle severamente su proceder y hasta de pegarle, le dijo cómo debía vivir un soldado, le regaló una camisa, porque ya no tenía ninguna y cincuenta kopecks. «Ha hecho de mí un hombre», decía Maximov, hablando de él con respeto y agradecimiento. También protegió a Velenchik desde que entró en filas y le ayudó cuando tuvo la desgracia de perder el capote, así como a muchos otros durante sus veinticinco años de servicio.