Cuentos populares

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No se podía desear un soldado que conociese mejor su obligación, que fuese más valiente ni más puntual; pero era demasiado dulce e insignificante para ser promovido a polvorista, a pesar de ser artillero desde hacía quince años. La única alegría, casi la pasión, de Jdanov, la constituían las canciones, y tenía preferencia por algunas. Solía reunir un grupo de cantantes entre los jóvenes soldados y, aunque no sabía cantar, permanecía con ellos, con las manos en los bolsillos de la pelliza y los ojos entornados, expresando su participación moviendo la cabeza y las mandíbulas. No sé por qué en ese movimiento de mandíbulas que sólo observaba en él, encontraba mucha expresión. Su cabeza blanca como la nieve, su bigote teñido de negro y su rostro moreno y surcado de arrugas, le daban a primera vista una expresión severa y grave; pero al fijarse en sus grandes ojos redondos, sobre todo cuando sonreía (nunca lo hacía con los labios), se observaba algo extraordinariamente dulce, casi infantil, que sorprendía.







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