Cuentos populares
Cuentos populares —Estoy seguro de que caerá demasiado lejos —observó Velenchuk chascando la lengua, aunque no se basaba en nada para suponerlo, puesto que habÃa mirado por encima del hombro de Antonov—. Estoy seguro de que caerá demasiado lejos, ¡hará blanco en aquel árbol!
—¡Fuego! —ordené.
Los sirvientes del cañón se separaron. Antonov se retiró corriendo para presenciar el vuelo del obús; el tubo se inflamó, resonando el bronce. Al mismo tiempo nos envolvió el humo de la pólvora, y en medio del retumbar sordo del disparo, se destacó un sonido metálico y sibilante que se alejaba con la rapidez de un rayo, perdiéndose a lo lejos en el silencio general.
Algo más allá del grupo de jinetes se distinguió una humareda blanca, los tártaros se dispersaron y la explosión del proyectil llegó hasta nosotros.
—¡No está mal! ¡Han huido! Hay que ver: a estos diablos no les agradan estas cosas —se oyó comentar entre las filas, animadamente y en tono de burla, a los artilleros y a los infantes.
—Si se hubiese disparado un poquitÃn más bajo, se habrÃa hecho blanco en el mismo grupo —observó Velenchuk—. Dije que darÃa en el árbol y asà ha sido. Ha caÃdo demasiado a la derecha.