Cuentos populares

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—Debe de haber unas quinientas, o quinientas veinte sajenas, no más —dijo Maximov con sangre fría, como si hablara consigo mismo, aunque se veía que, lo mismo que los demás, estaba deseando disparar—. Si tirásemos con el de cuarenta y cinco, no cabe duda de que haríamos blanco.

—Si apuntase usted al grupito, seguro que caería alguno. ¡Ahora, ahora que se han reunido! Ordene que disparen —seguía suplicándome el jefe de la compañía.

—¿Manda usted encarar la pieza? —me preguntó de pronto Antonov con su entrecortada voz de bajo y expresión de ira.

Confieso que también yo deseaba disparar; ordené que encarasen el segundo cañón.

Apenas lo hice, cuando ya habían colocado el obús, y Antonov, inclinado sobre el punto de mira, llevaba el cañón de derecha a izquierda.

—Un poco a la izquierda…, una pizquita a la derecha… más, un poco más… Eso es, ya está bien —concluyó, retirándose con expresión de orgullo.

El oficial de infantería, Maximov, y yo fijamos la vista en el punto de mira y cada uno dio una opinión distinta.


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