Cuentos populares

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—¡Es que me siento aún menos capaz de volver a Rusia de lo que me sentía al venir aquí! Otra de las tradiciones que existen en nuestro país, confirmada por Passek, Selptsov y otros, es que en cuanto llega uno al Cáucaso adquiere una infinidad de condecoraciones. Todo el mundo las espera y hasta las exige de nosotros; pero heme aquí desde hace dos años y, después de haber tomado parte en dos expediciones, aún no me han condecorado. Todo el mundo las espera y hasta las exige de nosotros; pero heme aquí desde hace dos años y, después de haber tomado parte en dos expediciones, aún no me han condecorado. No obstante, tengo tanto amor propio que no me he de marchar del Cáucaso por nada del mundo sin haber llegado a comandante, ni sin ostentar las cruces de Ana y de Vladimiro. Me he dejado arrastrar hasta tal punto por todo esto, que me encocora terriblemente cuando Gnilokishkin consigue alguna distinción y yo no. Además, ¿cómo presentarme en Rusia sin una sola condecoración ante mi starosta, el comerciante Kotiolnivov, a quien vendo trigo, ante mi tía de Moscú y ante todos aquellos señores, después de dos años de permanencia en el Cáucaso? Cierto es que todos esos señores no me interesan y, probablemente, tampoco ellos se preocupan de mí, pero así es el hombre: no me interesan y, sin embargo, por ellos echo a perder los mejores años de mi vida, mi felicidad y mi porvenir.


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